Walking and Shooting

13 de mayo de 2011

Mi piedra angular!

Quiero comentarles, sobre mi piedra angular, la piedra que me sostiene, mí alpha y mi omega y mi bunker como le llamo muchas veces, porque realmente lo es,  no es mas que mi madre. Quien me conoce, como nadie, quien me quiere a pesar de mis defectos, quien aplaude mis logros, quien me apoya en mis tristezas y mis fracasos, esa que nunca me dará la espalda y que siempre estará allí para aliviar mi desesperanza y mis lagrimas. Hace 9 meses, emprendí un viaje, quizás sin retorno, un viaje que me ha llevado a descubrir culturas y personas maravillosas, que me ha hecho crecer y ser independiente en muchos sentidos, pero que también, me alejo físicamente de mi madre. No me quejo para nada, como dicen, uno nunca puede obtener nada sin ofrecer otra cosa a cambio, y así me sucedió. Pensé que 9 meses sin verla no me afectarían tanto y cuando decidió venir a visitarme, me sentí feliz, contaba los días que faltaban para que llegará e hice mi lista de lugares para llevarla, 23 días, que pasaron como arena entre los dedos, y luego llego el momento de despedirla, y sé que la veré pronto, pero de igual forma sentí que me quedaba sin mi piel, sin mi caparazón, sin los oídos que me oyen mis penas y mis alegrías, y sin las manos que me dan calor cuando mas lo necesito. Para esto muy oportuno, encontré un poema precioso, de Alfredo Espino que se llama Manos de mi Madre.  


Manos las de mi madre, tan acariciadoras,

tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.

¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,
me sacan las espinas y se las clavan en ellas!



Para el ardor ingrato de recónditas penas,

no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Y cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades.



Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,

porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas.
Para el dolor, caricias; para el pesar, unción;
¡Son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).



Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,

cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡Las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con terneza!


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